La Fábrica de Salchichas 8... El Simio Alado

Los nazis ocuparon Dinamarca, dispusieron que los ciudadanos judíos
debían identificarse por medio de un parche o escarapela amarilla en forma de
Estrella de David, con el aparente propósito de segregarlos y luego deportarlos
rápidamente. La órden se emitió por la mañana. Por la tarde, el rey
Christian X realizaría su acostumbrado y siempre puntual paseo a caballo
partiendo de palacio hacia las afueras de Copenhague. Cuando los portales se
abrieron, la muchedumbre contempló con extrañeza al soberano que, guiando
impertérrito el corcel blanco, lucía sobre su pecho la insignia amarilla de la
Estrella de David. Por la noche, toda la población del país llevaba sobre sus
ropas el distintivo. Así fue cómo los nazis no pudieron reconocer a sus víctimas
y, por ese motivo, resultó casi insignificante la proporción de judíos
daneses deportados y enviados a los campos de exterminio.
Esta historia es maravillosa, altruísta, capaz de despertar las más
bellas y valientes emociones humanas, se halla mencionada en numerosos libros y
películas, y es contada muy a menudo....
Pero es totalmente falsa. Se trata de un ejemplo de lo que se
conoce como "mito urbano". Una de esas fábulas que nadie sabe cómo
comienzan o de dónde vienen, pero ocupan y subyugan rápidamente la imaginación
popular y reclaman el peso de un hecho histórico. Sin embargo, acaso la
pregunta que cuenta no sea "cómo" o "de dónde", sino más
bien "porqué". Unos dicen que fue maniobra de propaganda de los
Aliados para fortalecer la confianza de los nórdicos en su clase gobernante(que
simpatizaba abiertamente con la Coalición aliada); otros sostienen que se trató
de una confusión y que el hecho embrionario se produjo no en Dinamarca sino en
Noruega, y que no involucraba una Estrella De David sino una flor amarilla que
muchos se atrevieron a usar en el ojal cuando la familia real fue obligada a
abandonar el país durante la ocupación, a pesar de que toda muestra de adhesión
a la corona estaba manifiestamente prohibida. Y hay varias suposiciones más.
Sea como sea, ninguna de estas teorías explica satisfactoriamente porqué la
historia prendió con tanta fuerza en el inconsciente colectivo, ni porqué
queremos convencernos tan desesperadamente de que la fábula es real.
Quizás la verdad es tan prosaica que nos da miedo. Estamos
necesitados de grandes gestos. De grandes hombres. De grandes momentos.
Precisamos de la trascendencia para llenar nuestra vida, nuestra sociedad y
nuestra época con el color de lo sublime.
La pisada de un hombre en el polvoriento suelo lunar hizo soñar a
millones, ¿cómo pudo un acontecimiento tan insignificante inundar a los
mortales de este planeta de un orgullo colectivo tan profundo? Acaso
subconscientemente planteamos el dilema que luego resolvió la gramática
profética de Armstrong: "Un pequeño paso para el hombre, un gran paso
para la Humanidad". Pero, naturalmente, aquella fue una empresa científica
y política que requirió centurias de evolución; y de algún modo albergamos
el presentimiento de que viajar a la Luna puede resultar más sencillo que
cruzar el abismo de nuestros temores para hallar la dimensión ética
ideal del ser humano. Esa misma que encarnó, aunque fuera en la ficción, el
rey de Dinamarca en comunión con su pueblo para rebelarse contra el destino de
opresión e injusticia que los cercaba.
Necesitamos reafirmar el valor del espíritu humano, que
sospechamos capaz de alcanzar las estrellas, aunque más no sea con un único y
desesperado indicio concreto. Pero la señal tarda en llegar. La gimnasia de ese
espíritu que se eleva, es recibida luego, al descender a la realidad
cotidiana, por un panorama desalentador. Los héroes de hoy son más anónimos
que nunca, sus hazañas naufragan en la ciénaga trivial de la gauchada doméstica,
o se confunden con la algazara de los medios, que encumbran tan pronto como
olvidan, cuestionan toda buena o gran acción, se burlan y trivializan el
cosmos, precipitando la inmensa marea de emociones al cataclismo
de la apatía.
Los líderes, los políticos, los
presuntos "hombres fuertes" de la sociedad, lejos de representar el
modelo inspirador que conduce las almas a nuevas regiones de valor y dignidad,
parecen tan mezquinos en la comparación, como el simio que
quiere hacerse pasar por ángel calzándose alas prestadas de utilería.
Sus determinaciones se presienten motivadas por inconfesables compromisos o, en
el mejor de los casos, espoleadas por la mirada acusadora de la masa, que choca
contra la morosidad de su inercia.
¡Qué distinto del simple y valeroso acto del rey danés!... Acaso
parezca triste que una ficción deba sustituir tan alevosamente al modelo de
carne y hueso. Sin embargo, la realidad tiene armas que la fantasía no se
espera.
Todos los años, miles de personas alrededor del mundo se
comunican con las embajadas de Dinamarca para preguntar sobre la famosa historia
de Christian X. Buscan interiorizarse o cerciorarse de los detalles, muchos
simplemente no se resignan a creer que en verdad nunca ocurrió, aun cuando el
empleado se los asegura. Y a pesar del revés, el espíritu, momentáneamente
abatido, continúa afanándose, continúa buscando... dispuesto a iluminarse con
otra esperanza a la vuelta de la esquina. En su ingenuidad, no entiende
que no se trata de seguir ejemplos, ni de dar ejemplo... Es preciso SER
ejemplo.
No hay caso. Los filósofos de todas las épocas y latitudes están
en lo cierto. Las respuestas están dentro. Sólo cambiando uno, se cambia el
mundo.
De escritos de César Fuentes Rodríguez, y casi nada retocado por mi... Cristián Antiba.
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